El lunes tuve que madrugar mucho, muchísimo, para llegar a un tren. Como sigo malviviendo cerca del hospital, tuve que pasar, de noche aún, por delante de ese centelleante cartel.
Recordé la primera noche que, saliendo de una muy lúdica actividad, la ví ahí, con cada una de sus letras rojas luminosas, centelleando, amenazadora. Me recorrió un escalofrío (no febril) por la espalda: ¡¡ese cartel de Urgencias parpadeaba como los de los moteles de carretera de las películas de miedo americanas!! ¿Entrar allí sería enfrentarnos a un despiadado asesino en serie que, cual Viernes 13, acabaría lenta, sangrante y dolorosamente con cada uno de nosotros?
